Ya sea en primaria, secundaria, bachillerato o instituto, suele haber un tema similar: “No quiero ir. No me gustan los demás”. Siempre hay una historia detrás. Como profesional, siempre pregunto: ¿qué historia hay detrás de esto?
Hay una razón por la que un niño no quiere ir a la escuela. El objetivo es ayudarles a abrirse y compartir sus miedos, preocupaciones y razones. La experiencia de cada niño es única, por lo que es importante escuchar su porqué. Sin embargo, a menudo a los niños no les gusta hablar de estas cosas.
A veces, la reticencia a asistir a la escuela tiene su origen en la ansiedad, el miedo o la aprensión. Debemos detenernos y preguntarnos: ¿Qué está experimentando mi hijo? ¿Ha tenido alguna experiencia difícil con compañeros o profesores? ¿La transición de un solo profesor en primaria a varios en secundaria le ha abrumado?
Los padres se preguntan a menudo si deben obligar a su hijo a ir a la escuela o contenerse. No es una respuesta fácil. Hay que hacer preguntas, entender qué hay detrás de la ansiedad y ver si está ligada al acoso escolar, al miedo a irse de casa o a otra cosa.
Si el problema es el acoso, hay que abordarlo directamente. Si se trata de ansiedad -especialmente ansiedad social-, puede que se necesite ayuda profesional. Los padres también pueden ayudar creando oportunidades seguras de relación entre iguales, como invitar a los amigos a una pizza o a una fiesta en la piscina. La conexión social ayuda a reducir la ansiedad y fomenta la motivación para asistir a la escuela.
Las amistades suelen ser un motivador más fuerte que la insistencia de los padres. Cuando los niños se sienten conectados, es más probable que quieran ir. Recurrir a profesores, orientadores escolares y terapeutas profesionales también puede ser útil, sobre todo si la ansiedad es elevada.
En el caso de los alumnos de secundaria, la terapia de juego o la terapia con bandejas de arena pueden ser más eficaces que la terapia de conversación tradicional, ya que permiten a los niños expresar sus emociones a través del juego.
En última instancia, la clave está en comprender la historia que hay detrás de la reticencia del niño, mostrar empatía y proporcionarle apoyo emocional y profesional.